Amanecer
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Unidad de Tradición
Introducción
SankaraEl caos invadía la India en materia de religión y filosofía. Secta tras secta, como las de los Charvakas, los Lokayathikas, los Kapalikas, los Shaktas, los Sankhyas, los Buddhas y los Madhyamikas, aparecían y se expadían por doquier. El número de religiones creció hasta llegar a alcanzar la asombrosa cifra de setenta y dos. La lucha entre sectas hizo acto de aparición. No había paz en ninguna parte.

El caos y la confusión reinaban con suprema autoridad; la superstición y la intolerancia les acompañaban. La oscuridad prevalecía en la tierra de los Rishis, los sabios y los Yoguis. La otrora gloriosa tierra de los Arias se hallaba en un miserable estado. Tal era la situación del país justo en el momento que precedió a la llegada del gran Avatar (encarnación suprema) de Sankaracharya.

Si el Dharma Védico existe aún hoy en la India es gracias a la vida y la obra de Sankara. La fuerzas opuestas a la religión Védica eran mucho más numerosas y poderosas en esos tiempos de lo que lo son hoy. Sereno, sin la ayuda de nadie y en un espacio de tiempo muy corto, Sankara las dominó y restauró la pureza prístina del Dharma Védico y el Advaita Vedanta en la tierra. Sus únicas armas fueron el conocimiento puro y la espiritualidad. Los Avataras que le precedieron, como Rama y Krishna, usaron la fuerzas físicas porque los obstáculos al Dharma de aquellos tiempos alcanzaron las vejaciones y las obstrucciones físicas de los Asuras (demonios). Sin embargo, la amenaza al Dharma en la edad del Kali (Kaliyuga o edad de la destrucción) nació de obstáculos más internos que externos, más mentales que físicos. Las semillas del Adharma (no-rectitud) por entonces actuaban en las mentes de casi todos. Así, la maldad tenía que ser combatida puramente, con el conocimiento y la auto-purificación como únicas armas. Y fue con el fin de forjar y blandir esta arma con eficacia que Sankara nació entre los Brahmin Varna (casta) y se incorporó a la orden de los Sannyasa (renunciatarios) ya en sus primeros años de vida. Los Avataras anteriores, como Rama o Krishna, nacieron en la casta de los Kshatriya Varna (la casta de los guerreros) porque en aquellos días tenían que blandir las armas en pos de la restauración del Dharma.

Nadie duda de suprema importancia de la posición asignada a Sankaracharya en la historia de la Filosofía de la India. Y puede afirmarse, sin miedo a contradicción alguna, que Bharata Varsha habría dejado de ser Bharata Varsha hace ya muchos siglos y nunca habría logrado sobrevivir a la espada asesina, al fuego devastador y a la intolerancia religiosa de los sucesivos invasores, si Sankara no hubiera vivido la vida que vivió y enseñado las lecciones que enseñó. Y esas lecciones aún pulsan hoy día en cada una de las células y en cada protoplasma de los verdaderos aspirantes y de la verdad Hindú.

Nadie duda de suprema importancia de la posición asignada a Sankaracharya en la historia de la Filosofía de la India. Y puede afirmarse, sin miedo a contradicción alguna, que Bharata Varsha habría dejado de ser Bharata Varsha hace ya muchos siglos y nunca habría logrado sobrevivir a la espada asesina, al fuego devastador y a la intolerancia religiosa de los sucesivos invasores, si Sankara no hubiera vivido la vida que vivió y enseñado las lecciones que enseñó. Y esas lecciones aún pulsan hoy día en cada una de las células y en cada protoplasma de los verdaderos aspirantes y de la verdad Hindú.
El mito y un halo de leyenda acompañan y envuelven a todos los grandes Seres que han encarnado un Principio de orden universal para ofrecer a la humanidad una vía de Conocimiento, de Amor y de Realización, como Buda, Jesús, Sankara, etc. Existe un personaje "histórico", existen obras escritas directamente por ellos o por los discípulos, pero no tenemos los datos exactos de su nacimiento y su "muerte". Además, hay que revelar que tras las biografías de esta Grandes Almas existen puntos de convergencia, a veces similitudes, a pesar de que su descenso [encarnación] ha ocurrido en épocas y contextos muy diversos entre ellos.

Todo esto nos lleva a concluir que de todos estos transmisores de la Fuente única no deben ser investigados los aspectos individuales; no es a la forma o la individualidad física a la que debemos mirar, sino a la Doctrina que expresan a través de esa forma, a la Enseñanza que han traído a la humanidad en conflicto para "vencer al mundo", el mundo de los hombres, del devenir, y reconquistar la "Dignidad de Ser".

No es, por tanto, con la mente analítica, siempre a la búsqueda de nociones y de particulares "anagramas", como se puede leer la vida y la obra de Buda, Sankara o el Evangelio de Jesús, sino con una mente disponible para recibir un "influjo" benéfico que permita a la propia mente superar los propios límites "humanos" y acercar al hombre a lo Divino: "…ciertas cosas son suprahistóricas, pertenecen a la Fuente única… algunos hechos o "mitos" de personas no han muerto, sino que simplemente están adormecidos, y bastaría apenas nada para hacerlos re-emerger a la luz del sol si tan sólo se poseyese la inspiración que deriva de tal Fuente".

Sankara, una de las mentes filosóficas más representativas de la India, ha realizado la más completa síntesis y armonización de todo el pensamiento filosófico hindú. Su "método" para la búsqueda de la Verdad, que consiste esencialmente en liberarla de los velos que la cubren, ha hecho una contribución de gran valor al pensamiento filosófico-metafísico del mundo entero.

En Él encontramos la perfecta síntesis de conocimiento (jñana), devoción (bhakti) y acción (karma); esto le permite ofrecer, a aquellos que se acercan a la Realización, la vía más adecuada a sus cualificaciones. Él ha encarnado de una manera tan perfecta el "Conocimiento supremo" (paravidya) que un verso de la Madhaviyasankaravijaya (IV, 34) dice:

"El Conocimiento adorna a aquellos que lo cultivan, pero, en el caso de Sankara, fue Él quien adornó al Conocimiento".
Las biografías de Sankara normalmente comienzan con un solemne prólogo en un lugar más allá de este mundo, sobre la cumbre del monte Kailasa, sacro asilo de Siva en la profundidad del corazón de todos los seres… La escena es, por tanto, en Kailasa: allí Siva se asienta en el fulgor de su conciencia indivisa, en unión de amor con su potencia trascendente (Parasakti), Madre del mundo o Palabra creadora. En torno a Él, una nube de devotos le aclaman: los profetas inmortales (Rsi), los perfectos (Siddha), aquellos que se han identificado con Él hasta convertirse, de los otros, en “Él mismo” (Rudra), los servidores fieles que atormentan a sus enemigos.

Movido por las oraciones del profeta Narada, mensajero entre el mundo de los hombres y el mundo Divino, Brahma, el demiurgo que, siguiendo la orden de Siva, creó el universo, llega a Su presencia. Postrado, permanece mudo, arrebatado por la contemplación.

Invitado a hablar, Brahma pinta las condiciones del mundo con tintes sombríos: el Kaliyuga, la edad de la decadencia y el dolor, actúa ya con toda su potencia corruptora: doctrinas erróneas predicadas por todas partes han ofuscado la verdad inmemorial de los Veda y el Vedanta en la conciencia de la mayoría y los hombres son arrastrados a realizar acciones malvadas, fuera del sendero de la rectitud (Dharma), pobres veletas atraídas por la llama terrible de los falsos placeres de la exterioridad. ¡Ha llegado el momento de mantener la promesa: descienda el Señor a Bharatavarsa, la tierra de la India, para restablecer la verdad pura del Advaita, fundando de nuevo en él el Dharma y concediendo a la humanidad un nuevo momento de luz!

Siva había asumido este empeño miles de años antes, en presencia de sus Potencias y de las formaciones divinas. Mas el descenso (avatara) del Maestro de todos los seres debe ser preparado por otros descensos: la lucha contra las opiniones mentirosas con el fin de reafirmar la santidad de los Vedas será iniciada por el jefe de la armada celeste, Kumara, hijo del propio Siva, que nacerá como hombre en la persona de Humarila, haciéndose campeón de la escuela del pensamiento del Purvamimamsa. Indra, el rey de los dioses (deva), siempre preparado para luchar por la causa del derecho contra las fuerzas del mal, le dará el apoyo en el poder temporal, naciendo en la persona del raja Sudhanvabhuti. Para colaborar con Siva, necesitarán discípulos divinos que continúen la enseñanza entre los hombres: el propio Brahma nacerá como Mandana, y su esposa divina, Sarasvati, señora del saber, como dama mortal para que continúe estando cerca de él, conservando el mismo nombre; Visnu, principio de cohesión y de conservación del orden universal, descenderá entre los hombres en la persona de Sanandana. El señor del agua, Varuna, nacerá como Citsukha; el señor del fuego, Agni, como Anadagiri; el señor de los arias, Vayu, como Hastamalaka. También Mrtyu, la Muerte personaificada, y Yama, señor de los muertos, harán su propia contribución. El primero nacerá como Prthividhara; el segundo, como Visvarupa. Ambos estarán destinados a hacerse discípulos de Siva. Los papeles han sido asignados, los actores divinos se han colocado sus propias máscaras: todo está listo para que el protagonista haga acto de aparición y las vicisitudes puedan comenzar.

A finales del siglo VII, un cabeza de familia (grhastha) Nambutiri que vivía en Kalati educaba a su hijo Sivaguru en el respeto a las antiguas tradiciones.


Sivaguru, que más tarde se convertiría en el padre de Sankara, fue enviado a temprana edad a una escuela védica (pathasala). Terminados los estudios, pidió a sus progenitores que le permitieran profundizar en el estudio de los Veda y cumplir con una vida ascética (brahmacarin), pero ellos le persuadieron para que renunciara y eligiera una esposa de su mismo orden social en el pueblo de Palur, un dominio brahmánico de Kerala. Sivaguru fue, por tanto, unido a Aryamba según los antiguos ritos védicos.

A pesar de que su mujer vivía una vida rigurosamente ortodoxa, no obstante los frecuentes ayunos que Sivaguru y Aryamba se imponían, no parecía que, en fin, los dioses quisiesen favorecer su casa [con un hijo].

Mientras se encontraban en Trichur, adonde se desplazaron en peregrinaje con el fin de implorar la gracia de un heredero, el Señor Siva, compadecido por su austeridad (tapas), se les apareció en sueños y les concedió la posibilidad de elegir entre varios dones: muchos hijos de inteligencia mediocre, pero todos longevos, o un solo hijo de vida breve, pero que se convertiría en la gloria de la familia, de su propia comunidad, de la India y del mundo entero.

Sivaguru y Aryamba, después de levantarse a la mañana siguiente y de contarse sus propios sueños, decidieron ir al templo de Vatakkunnatha a suplicar al dios que les iluminara. Siva les hizo saber entonces que él mismo se encarnaría en este hijo y que podían volver tranquilos a su pueblo.
Después de algún tiempo, tal y como Siva había prometido, la luz que se apoderó de toda la persona de Aryamba permitió presagiar el feliz evento. El bebé nació, nos dice el Sankaravijaya de Anantanandagiri, a mediodía, el quinto día de la quincena clara del mes de vaiskha (abril-mayo), bajo la constelación de Punarvasu. Los sabios astrólogos Nambutiri registraron inmediatamente el nacimiento y confirmaron que todos los planetas eran favorables. Al undécimo día, al niño le fue dado el nombre de Sankara (benefactor).
Sus biógrafos cuentan que, antes incluso de ser investido -a la edad de cinco años- con el sacro cordón (upanayana), Sánkara había aprendido, más allá de su lengua materna, el propio sánscrito, y había leído los más grandes poemas (Mahakavya) de las diversas narraciones cosmológicas y mitológicas (Purana). Fue en este periodo cuando su padre dejó este mundo. El pequeño Sánkara consoló tiernamente a su madre, quien, después de algún tiempo, lo mandó a la escuela en un vecino pathasala, donde pudo aprender los Samhita védicos junto con los seis anexos Vedanta: fonética (siksa), rituales (kalpa), gramática (vyakarana), etimología y astrología (jyotisa).

Visita de los sabios y renuncia al mundo

Sankara había adquirido, más allá de la práctica de los cuatro Veda, sólidos conocimientos en las diversas ramas del saber hindú tradicional: Nyana, Yoga de Patañjali, Samkya y Purva Mimanmsa. A los ocho años volvió a vivir con su madre.


Algún tiempo después, algunos ascetas itinerantes (samnyasin), pasando por Kalati, visitaron su casa y se mostraron complacidos por la acogida que les había sido dispensada. Uno de ellos explicó a Aryamba que su hijo, dadas las circunstancias en que había nacido, tenía la edad suficiente y adecuada para dejar este mundo, pero, gracias a la hospitalidad que había recibido, le había sido concedido vivir ocho años más. El grupo, del que formaban parte los sabios Agastya y Narada, bendijo la casa y, sin más, continuó su camino.

Aryamba recordó de improviso las palabras de Siva en Trichur: "O numerosos hijos mediocres y longevos, o este joven Sankara que iluminará el mundo". Los ascetas le acababan de decir que su único y deleitado hijo moriría, por tanto, a los dieciocho años. El chico consoló a su madre explicándole que las relaciones entre los padres y los hijos, en esta vida, son transitorias; el fin principal de nuestro pasaje en la tierra es la Realización y la Liberación.

Después de la visita de los sabios, la tendencia de Sankara al ascetismo se acentuaba día tras día. Aryamba decidió entonces distraerlo empeñándolo en labores domésticas, dando a entender con ello que le había buscado una esposa. Pero en sus meditaciones diarias, Sankara intuía perfectamente que estaba destinado a cumplir  una gran tarea, la más grande que un hijo de la India había cumplido nunca: restablecer la Tradición védica (vedikamatha) en su pureza original. ¿Cómo persuadir a su madre, viuda y además carente de medios, a dejarlo partir?

Una mañana, Sankara fue al río a tomar el primer baño de la jornada. De improviso, un cocodrilo lo agarró por el tobillo y lo arrastró por la corriente. Sankara llamó a su madre pidiendo ayuda. Aryamba, temblorosa por el miedo, corrió por la ribera del Curna y vió a su hijo debatirse en el agua. Sankara logró hacerle entender que un cocodrilo le había atrapado por la pierna y le gritó: "Oh madre, si tú me dieras permiso para renunciar al mundo, este cocodrilo me dejaría escapar". Aryamba, antes que ver a su hijo morir con sus propios ojos, consintió. El cocodrilo dejó  inmediatamente a su presa y Sankara logró llegar a la orilla. Lleno de gozo, exclamó que desde aquel momento, todas las mujeres a las que había pedido limosna habían sido para él otras madres amorosas, el Maestro que lo había iniciado definitivamente como samnyasin había sido para él como un padre, y sus futuros discípulos, sus propios hijos. Toda la tierra sagrada de la India y el mundo entero, no únicamente su pequeña casa de Kalati, sería su morada…
Encuentro con Govinda

La mayor parte de las biografías coinciden en el hecho de que este encuentro tuvo lugar cerca del manantial del que nace el río Narmada…  El lugar es conocido como Amarakanta o Amarakantaka, que viene del nombre de una cumbre cercana y también de un pueblo que aún hoy es meta de peregrinaje… En este sagrado lugar vivía el asceta Govinda a intervalos regulares de tiempo, alternando su permanencia allá con periodos transcurridos en el eremitorio de Badarinatha, en el Himalaya, a los pies de su maestro, Gaudapada.

Mientras Govinda se encontraba en Badarinatha, recibió en sueños la orden de Visnu de dirigirse rápidamente a Amarakanta, donde un nuevo alumno de dotes divinas le sería presentado. Tan pronto como se despertó, la misma orden le fue dada por Gaudapada, su maestro, por lo que Govinda se apresuró a obedecer.

Un tiempo después, Sankara se aventuró en una caverna escoltada por un árbol de vata y se encontró de frente con una asamblea de ascetas reunida en torno a un anciano de aspecto venerable, profundamente absorto en ese estado de concentración en el que la consciencia de toda distinción entre sujeto y objeto está ausente, estado que es llamado samadhi. Colmado de admiración, Sankara completó hasta tres vueltas a la caverna en sentido horario, con las manos unidas en señal de respeto. Luego, acercándose a Govinda, se postró ante él entonando el celebérrimo verso de saludo: “Me inclino ante Govinda, suma beatitud, mi Maestro”, y continuó rindiéndole alabanzas como Adisesa, quien en épocas anteriores descendió a la Tierra como Patañjali, para después descender en la forma presente.

Saliendo del samadhi, Govinda preguntó al niño acerca de su identidad. Sankara respodió componiendo allí mismo la Dasasloki (Himno de alabanza en diez versos); con versos elegantes negó la identificación con los elementos materiales, con la mente, con el pensamiento cognoscitivo, con las castas, con los estadios de vida, etc., reafirmando en cada estrofa su identidad únicamente con Siva. Los ojos de Govinda se llenaron de lágrimas de gozo y también Sankara lloró. Se narraron mutuamente los sueños que les habían portado hasta ese encuentro y, al final, el muchacho divino preguntóa a Govinda si podía ser su maestro…

La línea de los maestros en la que Sankara entraba, que pasaba por Govinda, Gaudapada, Suka y Badarayana, remontaba a través del maestro de éstos, Parasara, al vidente védico Vasistha, Padre de Parasara (o al padre de él, Sakti). La enseñanza del Kevaladvaita le había llegado a Vasistha directamente de Siva y de Visnu a través de Brahma, según el tono sivaita o visnuita de la tradición.
El discípulado a los pies de Govinda

La estancia de Sankara en la ribera del río Narmada fue particularmente fecunda. La rápida profundización en la doctrina Kevaladvaita, en la que llegó a superar tanto a Govinda como al hijo de éste, Bhartrprapañca, había dejado su huella en toda una serie de escritos, entre los cuales estaba el Vivekakudamani (La joya suprema de discernimiento) y el Vakyavrtti (Exposición de la sentencia).
El Sanksepasankaravijaya (Concisa exposición del tránsito triunfal de Sankara) introduce, al final de su permanencia con Govinda, un episodio destinado a explicar su salida hacia Benarés y la redacción del Brahmasutrabhasya: después de una semana de lluvia torrencial, el río Narmada alcanzó un nivel muy superior al de sus riberas e inundó los campos a lo largo y ancho del lugar, barriendo calles y pueblos y dejando en la desesperación a muchos desamparados, mientras la tempestad continuaba. Govinda estaba, como de costumbre, inmerso en la meditación dentro de la cueva cuando las olas del crecido río, eliminando cualquier obstáculo, salieron hacia él. Entonces Sánkara puso delante de las aguas su cuenco para las limosnas y pronunció la fórmula llamada “de la atracción del agua”.  El cuenco engulló la corriente hasta que el nivel normal del río quedó restablecido. Este prodigio no sólo ganó la gratitud de la población, sino que impresionó profundamente a Govinda: en el pasado, en el transcurso de un sacrificio de la bebida sagrada, el Soma, de una duración de cien días, cumplido por el profeta Atri sobre una cumbre del Himalaya, Badarayana había profetizado que el propio Siva, descendido al mundo como su discípulo, redactaría un digno comentario al Brahmasutra. Lo habría reconocido justo en el momento en que la furia del Narmada amenazaba con engullir Amarakanta. Compadecido, el maestro envió a Sánkara a Benarés para que allí desarrollara un comentario que dejase claro el mensaje de aquellos difíciles aforismos.

El Brhacchankaravijaya (El gran tránsito triunfal de Sánkara) explica cómo Govinda puso en manos de Sánkara las estrofas de Gaudapada escritas como comentario y apéndice a la Mandukya Upanisad, conocidas como Agamasastra; el entusiasmo del chaval fue tal que suplicó a Govinda que obtuviera la autorización de Gaudapada para comentarlas. Maestro y discípulo se pusieron así de viaje hacia Badarinatha, donde Gaudapada, que en aquella época tenía la respetable edad de 120 años, continuaba enseñando.
La estancia en el Himalaya y la visión de Siva

Badarinatha es uno de los centros de peregrinaje más sagrados de la India, estando como está junto al manantial en el que nace el Ganges (Gangobheda), el más puro de los ríos que santifican la tierra con su solo contacto. Aquí, los profetas Nara y Narayana, de los que toman el nombre dos centelleantes picos gemelos, tuvieron su propio eremitorio, el Badarikasrama… Apenas llegaron, Govinda introdujo al joven Sánkara y lo llevó ante la presencia de Gaudapada. Sánkara se postró a los pies del maestro (paramaguru), quien lo acogió con dulzura y prometió enseñarle todo cuanto sabía…

 Tan pronto como obtuvo la deseada autorización para comentar el Agamasastra, Sánkara los hizo con tal satisfacción que Gaudapada le mandó comentar también el Triple Canon Vedanta al completo. Durante los cuatro años sucesivos, el joven se dedicó a esta obra, acabando su propia fatiga con el Brahmasutrabhasya. Con sólo dieciséis años, tenía ya todas sus obras compuestas; los 16 años sucesivos los dedicaría a su difusión. Pero antes de dar inicio a esta segunda mitad de su vagar terrenal, Sankara pasó por una investidura todavía más solemne que las dos que ya recibió en su pueblo natal y en el río Narmada. Gaudapada decidió, de hecho, presentar al chico a su propio guru, Suka, e incluso a su paramaguru, el mismísimo Badarayana, que en aquella época meditaban en una cumbre del monte Kailasa…

 Con ocasión del encuentro con los dos ancianos, Sánkara expresó su gozo componiendo el Dhanyastaka o Dhanyastotra (ocho versos sobre los Beatos), un himno en su honor. Su exposición del Brahmasustrabhaysa les llenó de entusiasmo y confirmaron que Sánkara había captado y expresado perfectamente la Realidad trascendente  de las Upanisad…

Badarayana e Suka exhortaron a Sánkara a que fuese a Benarés, el centro de la cultura hindú de la edad clásica, para difundir allí la doctrina y confutar a la escuela heterodoxa. Después, los tres maestros bendijeron a su digno sucesor y desaparecieron: con el advenimiento de Sankara, su misión concluía.

Sánkara quedó solo. Los tres sabios se habían disuelto como un sueño y en aquel momento toda la existencia humana se le reveló en su verdadera naturaleza: insustancial, absurda, similar a un barato espectáculo de ilusionismo. El dolor por la partida de sus guías espirituales dio lugar a un desapego absoluto y a una aspiración ardiente por terminar con toda ilusión. Esta disposición interior son los presupuestos de la experiencia liberadora del Maestro divino. Gracias a estos, Sánkara entró en una perfecta sintonía con el propio arquetipo trascedente y la soledad de aquel pico batido por los vientos germinó en una visión maravillosa. Sánkara vio frente él a un joven de sobrehumana belleza, a los pies de un árbol de vata, bajo la sombra de un tabernáculo de flores perfumadas. El joven tenía tres ojos y la hoz de la luna entre los cabellos entrelazados formando una tiara, el cuerpo cándido como la leche, resplandeciente de luz interior como el cristal. Entre las filas de perlas que recaían sobre su pecho cruzaba una serpiente, que se retorcía rodeando su garganta, de un profundo azul zafiro. En tres de sus cuatro manos, un rosario, también de perlas, un cuenco colmado de rojo amrta, la bebida de la inmortalidad, y un libro cerrado. La cuarta mano estaba apoyada sobre el corazón, en el gesto simbólico de la conciencia eterna. A su alrededor, formaciones de profetas de blancas cabelleras estaban sentados, con sumo respeto, contemplando al Dios.

Siva se manifestaba al propio Avatara en la forma de Daksinamurti, la hipóstasis del conocimiento total y el silencio elocuente. Sánkara entró en samadhi contemplando el rostro sereno de la aparición; cuando emergió de aquel estado, se postró ante el Maestro supremo entonando el Daksinamurtistrota (himno a Daksinamurti) que compuso allí mismo. Entre los venerables sabios que formaban la corona de Siva, Suka dio un paso adelante e intercedió por el discípulo del discípulo del su propio discípulo: Sánkara era digno de recibir la más alta iniciación. Siva asintió sonriendo en silencio. Sus asistentes ejecutaron inmediatamente los preparativos necesarios. Sánkara fue rociado por ellos con agua del río Ganges y sometido a las purificaciones del rito. Con el cuerpo untado de cenizas, se puso un nuevo vestido de asceta itinerante y, empuñando con una mano el bastón y con la otra el cuenco de las limosnas, renunció solemnemente a todo deseo, comprometiéndose a una completa obediencia de la voluntad del Maestro inmortal. Luego avanzó poniéndose a los pies de Siva y compuso al instante los cinco versos de la Parapuja.

El Maestro divino le comunicó entonces la Enseñanza sobre el Absoluto, esencia de las Upanisad, con las mismas fórmulas que ya Govinda, seis años antes, había empleado en la transmisión iniciática. Sánkara las repitió devotamente, absorto en su significado. Al término de la ceremonia, gracias a la cual el joven Sánkara había tomado la Adhyatmasamnyasa -la condición de renunciatario que se identifica con la conciencia suprema, desapegada de todos sus contenidos-, convirtiéndose en un Paramahansarivrajaka, monje itinerante de la orden más elevada en el seno de la ortodoxia brahmánica; Sánkara vio que le entregaban, de la forma esplendorosa de Siva, el libro que tenía en la mano. Lo abrió y, pasando las páginas, se dio cuenta de que contenía el mismo texto de su Brahmasutrabhasya; nadie podría imaginar una confirmación más explícita del nivel de la obra: en la simbología de la figura de Daksinamurti, el libro es la síntesis del conocimiento liberador, forma tangible de la omnisciencia divina... Sánkara retornó a Badarinatha transfigurado: desde ese momento era de verdad un Maestro del mundo (Jagadguru), investido de su misión de modo pleno y perfecto.
Sánkara restaura la Tradición védica

Al comienzo del siglo VIII, la más influyente escuela ortodoxa era Purva Mimamsa, que interpretaba los Veda, principalmente, bajo su aspecto ritualístico (karmakanda) y como códice de los deberes individuales (dharma). En aquél periodo vivía en Prayaga (la Allahabad actual), a unos 120 kilómetros al oeste de Benarés, el Maestro Kumarila Bhatta, uno de los más grandes mimamsaka de los que habían existido hasta entonces. Según la tradición, Kumarila era una encarnación del señor Subrahmanya, segundo hijo de Siva y Parvati, que se había encarnado en él para restablecer las imposiciones védicas contra el Buddhismo decadente de la época. Siendo muy joven, Kumarila, aunque nacido en una familia brahmánica, tuvo éxito cuando se hizo aceptar en un monasterio buddhista (vihara) donde estudió toda la doctrina heterodoxa, pero apenas salió del vihara, conociendo a fondo los argumentos y los puntos doctrinarios buddhistas, se apresuró a confutarlos públicamente y a restablecer solemnemente la validez del rito védico.

El Maestro de Kalati se dirigió de todos modos a Prayaga para encontrarse con Kumarila, persuadirlo de la validez de la interpretación Advaita y, en lo posible, hacer que se adhiriera a esta visión.

Llegando a Triveni, en la confluencia de los tres ríos sacros (Ganga, Yamuna y Sarasvati), Sánkara supo que Kumarila había apenas comenzado un rito de expiación (agnikunda). Kumarila, de hecho, en su intenso deseo por restablecer la Tradición védica (vedikamatha), había incurrido en dos faltas muy graves. Por una parte, en su juventud se mostró como buddhista y se hizo admitir como tal en el monasterio, por lo que había mentido al guru y había traicionado públicamente la enseñanza recibida. En segundo lugar, defendiendo con tenacidad el punto de vista mimamsaka, había negado bastantes veces la existencia de Dios. Kumarila había decidido, por tanto, reparar sus dos errores inmolándose: sentado en el centro de un enorme montón de glumas de arroz, él mismo había encendido el fuego. Su cuerpo físico comenzaba a consumirse cuando Sánkara llegó, pero al gran Maestro mimamsaka, permaneciendo del todo consciente en el centro del fuego, le indicó que, habiéndose ya iniciado el proceso de expiación, no podía volver atrás. Hasta el último instante, Kumarila conservó el total control de sus facultades y la presteza de espíritu, declarándose feliz de que sus últimos instantes transcurriesen en compañía de un secuaz de la Tradición (smarta) y de aprobar las tesis no dualistas. Al final, sugirió a Sánkara que encontrara a Visvarupa, otro grande mimamsaka, ante el cual podría defender sus puntos de vista.

Sánkara se dirigió entonces a Mahismati (Bihar septentrional), pero, debido a que Visvarupa estaba en el interior de la casa cumpliendo con la ceremonia de la sraddha para los Mani, encontró la puerta cerrada. Sin embargo, Sánkara, empleando poderes yóguicos, penetró en el interior de la casa. Cuando Visvarupa, que estaba atendiendo los ritos, lo vio aparecer delante de él con un hábito ocre, se irritó enormemente. ¿Con qué derecho un samnyasin, que ha renunciado al mundo y, por tanto, no tenía ya nada que ver con ritos domésticos, venía a molestar el desarrollo de una ceremonia de ofrenda a los Mani? Los brahmana que estaban oficiando el rito junto con Visvarupa, aun estando de acuerdo con él, le hicieron notar que, si bien era verdad que un samnyasin no tenía nada que hacer en una ceremonia sacrificial, tampoco debían olvidar las normas del Código de las Leyes (Dharmasastra). Así, declararon expresamente que los participantes no deben perder la calma sea lo que sea que suceda durante el desarrollo de un rito. Además, pidieron a Visvarupa que olvidase el incidente y que invitara al samnyasin a participar en su comida. Sánkara respondió que no había ido a mendigar comida (anna bhiksa) sino a mantener un debate filosófico (vada bhiksa) con Visvarupa, quien terminó aceptando.

Al día siguiente, después de haber establecido las obligaciones del vencido, cualquiera que fuese de los dos, los contendientes dieron inicio a su debate. Los pactos obligaban a Visvarupa a abrazar inmediatamente la vía del Advaita Vedanta y a Sánkara, en su caso, a renunciar a su posición no dualista, vestir los hábitos blancos del mimamsaka y aceptar desde ese momento el punto de vista ritualista. El árbitro de la disputa sería Bharati, mujer de Visvarupa, apreciada por la finura de sus conocimientos, quien puso en torno al cuello de los contrincantes una guirnalda de flores frescas (mala) y anunció que aquél cuya guirnalda marchitara antes sería declarado vencido. Al cabo de seis días, Visvarupa, sin apenas argumentos ante la irrefutable exposición de Sánkara, comenzó a perder terreno en el debate y, poco a poco, la guirnalda de flores comenzó a marchitarse. Finalmente, Visvarupa tuvo que reconocerse vencido y, como había sido establecido antes de la disputa, pidió la iniciación y se hizo samnyasin. Sánkara le dio el nombre de Suresvara. Bharati, como fiel esposa hindú, renunció también al mundo y entró en una comunidad femenina.

Poco tiempo después, Sánkara reemprendió sus viajes triunfales (digvijaya). Visitó todos los lugares sagrados (tirtha) y efectuó los más importantes peregrinajes (yatra) promoviendo ininterrumpidamente debates con los representantes de otras escuelas, tanto ortodoxas como heterodoxas. Su propósito no era tratar de convertir al Advaita a los sostenedores de las otras doctrinas por un mero espíritu de proselitismo, sino establecer en la India la unidad y la paz. La doctrina de la No-dualidad, el kevaladvaita, se basa en la autoridad de la Sruti. Sánkara interpretaba las Upanisad sirviéndose de la razón pura; su lógica implacable era capaz de demoler toda argumentación. El Vedanta Advaita no es una doctrina que viniese a rivalizar con las demás escuelas ortodoxas o heterodoxas; el Vedanta Advaita no las combate, al contrario, las ilumina desde dentro y muestra a todos que una Verdad única polariza el conjunto.

Tanto los puntos de vista tradicionales del samkya y de los mimamsaka como las doctrinas buddhistas y jaina son válidos siempre y cuando no se pierda nunca el punto de vista de la Realidad suprema (brahmadvaita).

Sánkara no se contentó con combatir las herejías que se habían infiltrado en el hinduismo tradicional. Ante la decadencia de las costumbres y de los ritos, estableció una radical reforma religiosa.

Con esta finalidad, instituyó dieciséis órdenes (dasanami) con la tarea de dar testimonio en toda la India, gracias a una vida ejemplar, de la continuidad de las tradiciones advaita.

Pronto fundó los monasterios (matha) donde la enseñanza de la Sruti (Veda-Upanisad) y de la Smrti -conjunto de textos posteriores que comprende los Vedanga, las mitologías (Purana), las epopeyas (Itihasa) y los seis darsana filosóficos tradicionales– podían ser impartidas a través de una sucesión de Maestros espirituales (jagadguru) agrupados ellos mismos entorno a Maestros advaitin (acarya) y a numerosos sabios y doctos (pandit) que tendría constantemente viva la Tradición. Sánkara funda estos monasterios en los cuatro ángulos de la península: en el Oeste, en la península de Kathiyavar, en Dvaraka, ciudad donde Krsna reinó durante algún tiempo; en el Norte, en Badharinatha (en el Himalaya); al Este, en Jagannathapuri, en Orissa; y en el Sur, en la ribera del Tungabadra, en Srngeri, Maisur, y en Kancipuram, Tamilnadu. En su país natal, Kerala, sus discípulos fundaron tres matha en Trichur, uno de los nobles lugares de la India donde hoy se enseña el Rgveda Samhita.

Desde Ramesvaram hasta el Himalaya, Sánkara visitó los grandes templos hindúes cualquiera que fuese su tendencia. Lo importante para él no era el modo en que el rito era seguido o la divinidad escogida (ista devata), sino la intensidad de la fe y la sinceridad con la cual, a través de la divinidad, se tendía a la Conciencia suprema. Antes o después, el nivel de los ritos, que no son meros actos y plegarias, productoras únicamente de una pacificación momentánea de la mente, debía ser superado para llegar a la visión del Ser único.

El mahasamadhi

La mañana del undécimo día de la mitad clara del mes lunar de vaisakha (abril-mayo) del año raktaksin (58 del ciclo indiano de 60), Sánkara, según el Brhacchankaravijaya, anunció a sus discípulos que había decidido abandonar su propio cuerpo, por lo que si les quedaba alguna duda, podían comentarla antes de que el deceso ocurriera. Ellos se reunieron en torno a él, recapitulando entre todos los puntos de la doctrina que les habían quedado oscuros. Antes de tomar la palabra, fijaron por última vez la visión sonriente de Sánkara y, así, su sencilla mirada les bastó para derretir todos los nudos de sus corazones: ni siquiera uno de ellos necesitó de argumentos que requiriesen ulteriores explicaciones. Entonces, en el silencio general, Sudhanvabhuti pidió a Sánkara que resumiese la esencia de su enseñanza. El Maestro aceptó. Contó cómo hubo un tiempo en que, a instancias de Govinda, compuso seis estrofas sobre el tema que el regio discípulo le estaba planteando, y ahora lo habría de recitar en presencia de todos. Así, entonó el solemne Nirvanasatka.

Terminado el himno, declaró que estaría presente cada vez que lo recordaran y en cualquier lugar en que el Kevaladvaita fuese enseñado o meditado. Después, tal como estaba, entró en meditación.

El Sanksepasankaravijaya dice que, desde Kasmir, Sánkara pasó por Badarinatha y Kedaranatha, y de allí voló a Kailasa, retomando su verdadero aspecto de Siva: entre las alabanzas de los dioses, con Indra y Visnu a la cabeza, bajo una lluvia de flores celestiales, Brahman le ofreció el brazo y Él ascendió sobre su toro divino, Nandin, en cuyo lomo caminó elegantemente por el cielo hasta su sede trascendente, entre los pregones de victoria de los Profetas y con todo el fresco esplendor de la luna entrelazada por sus cabelleras.. EL Sankaravijayavilasa narra cómo Badarinatha Dattatreya apareció y, tomando a Sánkara de la mano, lo condujo hacia su gruta de la que jamás fue visto salir.

Anantanandagiri, en su Sankaravijaya, dice: “como Conciencia omnipermeante vive Èl aún hoy. Él, en verdad, es el Guru Sankaracarya, que concede la Liberación a aquellos que están preparados”.

Concluyamos este breve escrito sobre la vida de Sankara con las palabras extraidas del libro de Mario Piantelli:
“Sánkara es Maestro del sumo fin de la existencia humana y todo lo que podamos reencontrar en él está subordinado a la consecución de ese fin… de cualquier otro argumento se ocupa en la exacta medida necesaria para el desarrollo del discurso acerca del moksa… el núcleo incandescente de todo el inmenso edificio del pensamiento sankariano, que ha atraído y atrae a multitud de hombres, es la liberación… ocuparse ante todo de este interés fundamental por el moksa es il modo más seguro de no traicionar a Sánkara”.

Los pasos de la vida de Sánkara aquí mostrados han sido extraídos de los libros: Sánkara y el Vedanta, de Paul Martin-Dubost (la vida, Visita de los ascetas y renuncia del mundo, Sánkara restaura la tradición védica) y de “Sánkara y el Kevaladvaita”, de Mario Piantelli (Antes del nacimiento, El encuentro con Govinda, El discipulado a los pies de Govinda, La estancia en el Himalaya y la visión de Siva, El mahasamadhi), ambos publicados por Asram Vidya en Italia; y de la página web de Sivananda (primera parte o Introducción).


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